A medida que el calendario avanza, el conflicto en Europa del Este se ha transformado en un tablero de ajedrez donde ambos bandos parecen haber agotado sus movimientos decisivos. Según los análisis más recientes de la situación en el frente, nos encontramos ante una paradoja geopolítica dolorosa: Ucrania no cuenta hoy con los recursos humanos ni materiales suficientes para expulsar totalmente a las tropas rusas de su territorio, mientras que el Kremlin se enfrenta a una resistencia ucraniana y un respaldo occidental que le impiden consolidar una victoria estratégica definitiva sobre Kiev.

Este escenario de parálisis militar sugiere que el conflicto se encamina hacia una «cronificación». En el lenguaje de la diplomacia internacional, este término describe guerras de baja intensidad que se prolongan durante años o décadas sin una resolución clara, drenando recursos y vidas de forma constante. La falta de avances territoriales significativos en los últimos meses refuerza la tesis de que la fuerza de las armas ha llegado a su límite práctico en esta región.

Para México, la prolongación de esta guerra no es un tema ajeno ni lejano. La economía mexicana ha sentido los efectos colaterales de este estancamiento a través de la volatilidad en los precios internacionales de los energéticos y, de manera muy específica, en el costo de los fertilizantes y los granos. La estabilidad de los precios de la canasta básica en México depende, en gran medida, de que este conflicto no escale o se mantenga en una incertidumbre perpetua que desestabilice los mercados globales de suministros.

La única salida visible, aunque sumamente compleja en el contexto actual, es el impulso real de una vía diplomática de alto nivel. Expertos coinciden en que, ante la imposibilidad de un triunfo militar absoluto por cualquiera de las partes, los actores involucrados se verán forzados a buscar algún tipo de pacto, tregua o armisticio. Sin embargo, el camino hacia la mesa de negociación sigue obstaculizado por exigencias territoriales y garantías de seguridad que, por ahora, resultan inaceptables para ambos gobiernos.

En conclusión, el conflicto ucraniano se encuentra atrapado entre lo que no puede ser y lo que es imposible. Sin una mediación internacional audaz y un compromiso genuino de las potencias involucradas para ceder en sus posturas máximas, el mundo corre el riesgo de acostumbrarse a una guerra eterna en las puertas de Europa, con todas las consecuencias económicas, sociales y humanitarias que ello implica para el orden mundial contemporáneo.