El panorama político internacional se ha visto sacudido nuevamente por las declaraciones del expresidente estadounidense Donald Trump, quien durante un reciente evento de campaña insinuó que, bajo un eventual segundo mandato, Estados Unidos podría ejecutar lo que denominó una "toma amistosa" de Cuba. Si bien el exmandatario no profundizó en los detalles técnicos, legales o diplomáticos de tal maniobra, sus palabras han encendido las alarmas tanto en la isla caribeña como en las diversas cancillerías de América Latina.

Durante su gestión anterior (2017-2021), Trump revirtió gran parte del histórico deshielo iniciado por la administración de Barack Obama, endureciendo las sanciones económicas y reintegrando a Cuba a la lista de estados patrocinadores del terrorismo. En este contexto, la idea de una "toma" —aunque sea adjetivada como "amistosa"— sugiere un enfoque transaccional y directo, característico de la retórica del magnate neoyorquino. Analistas internacionales sugieren que este discurso busca consolidar el apoyo estratégico del exilio cubano en Florida, un estado clave para sus aspiraciones presidenciales en los próximos comicios.

Para México, esta postura representa un desafío diplomático de gran magnitud. Históricamente, el Estado mexicano ha mantenido una política de no intervención y respeto a la soberanía de las naciones, siendo uno de los principales defensores del diálogo bilateral en la región. La actual administración mexicana ha abogado activamente por el fin del embargo comercial y ha fortalecido los lazos de cooperación con La Habana. Una eventual implementación de políticas disruptivas o de presión directa por parte de Trump podría generar fricciones en la relación bilateral México-Estados Unidos, especialmente en temas sensibles como la gestión de flujos migratorios y la seguridad hemisférica.

Expertos en geopolítica señalan que la ambigüedad del término "toma amistosa" podría referirse a un cambio de régimen impulsado por incentivos económicos o a una renegociación total de los acuerdos bilaterales bajo condiciones de presión extrema. Sin embargo, la falta de una hoja de ruta clara deja más preguntas que respuestas sobre el futuro de la estabilidad en el Caribe.

A medida que la campaña electoral en Estados Unidos gana intensidad, la retórica hacia Cuba se perfila como un punto de fricción constante. La comunidad internacional permanece atenta para determinar si estas declaraciones representan una táctica de movilización electoral o el preámbulo de una transformación radical en la arquitectura política del continente americano.