En un relato que ha estremecido a la comunidad internacional y pone nuevamente bajo la lupa las condiciones en los centros de detención israelíes, el periodista palestino Sami Al-Sai ha denunciado públicamente haber sido víctima de tortura y violación sistemática durante su cautiverio. Al-Sai, quien se desempeñaba como comunicador independiente (freelance) al momento de su captura, pasó 16 meses privado de su libertad en un sistema que organizaciones civiles describen como un agujero negro de derechos fundamentales.
El calvario de Al-Sai comenzó sin una orden de aprehensión clara ni la presentación formal de cargos. De acuerdo con su testimonio, durante todo el tiempo que permaneció recluido, se le negó el acceso a un abogado y nunca fue informado de los delitos de los que se le acusaba. Esta práctica, conocida como detención administrativa, ha sido señalada por diversos organismos internacionales como una violación directa al debido proceso y a las convenciones de Ginebra.
El periodista describió una realidad de privaciones extremas y violencia física. Durante casi año y medio, fue sometido a brutales golpizas y a un régimen de hambruna deliberada, tácticas que buscan quebrar la voluntad de los detenidos. Sin embargo, el punto más crítico de su denuncia se centra en el abuso sexual. «Quise morir en ese instante», relató Al-Sai al recordar las agresiones sexuales sufridas, una táctica de tortura que, según afirma, es utilizada para humillar y deshumanizar a los prisioneros palestinos.
Las declaraciones de Al-Sai no son hechos aislados. Diversas organizaciones de derechos humanos, tanto palestinas como israelíes, han documentado exhaustivamente patrones similares de abuso en el sistema penitenciario de Israel. Incluso sectores del propio sistema judicial israelí han tenido que reconocer, bajo presión internacional, la existencia de tratos crueles en sus centros de detención, aunque las sanciones para los responsables siguen siendo prácticamente nulas.
Para el gremio periodístico en México y el mundo, el caso de Sami Al-Sai representa una alerta sobre la vulnerabilidad de los reporteros en zonas de conflicto. El periodista enfatizó que, a pesar del trauma profundo que le dejó la experiencia, siente el «deber moral» de contar su historia para visibilizar la situación de cientos de otros detenidos que permanecen en el anonimato. Su testimonio se suma a un expediente global de agresiones contra la prensa que exige una respuesta contundente de la justicia internacional.


