Sam Altman, el rostro más visible de la revolución de la inteligencia artificial y actual director ejecutivo de OpenAI, se encuentra nuevamente en el centro del debate ético global. En declaraciones recientes, Altman ha insistido en que su empresa mantiene principios firmes, incluso mientras se intensifican las negociaciones y colaboraciones con el Pentágono, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Esta postura surge en un contexto donde la línea entre el desarrollo tecnológico civil y el uso militar se vuelve cada vez más delgada.
Para el lector en México, es fundamental contextualizar que OpenAI es la organización responsable de ChatGPT, la herramienta que detonó el interés masivo por la inteligencia artificial generativa en el país. Por su parte, Anthropic —su competidor más directo— fue fundada por excolaboradores de Altman bajo la premisa de priorizar la seguridad del modelo sobre la velocidad de lanzamiento, estableciendo una rivalidad que no solo es técnica, sino profundamente ideológica.
La controversia actual emana de la diferencia de enfoques ante los contratos gubernamentales. Mientras que Anthropic ha mantenido una postura de reserva y cautela respecto a los proyectos del Pentágono, OpenAI ajustó recientemente sus términos de servicio. Anteriormente, la empresa prohibía explícitamente el uso de su tecnología para fines militares y de guerra; sin embargo, las nuevas directrices permiten colaboraciones bajo el concepto de "seguridad nacional", lo que ha abierto la puerta a contratos millonarios en el sector defensa.
Críticos de la industria y analistas especializados han señalado con ironía que Altman está asumiendo una posición ética que probablemente nunca sea puesta a prueba de manera rigurosa. El escepticismo radica en que, a pesar de los discursos sobre la responsabilidad social, la presión por mantener el dominio del mercado y obtener financiamiento suele inclinar la balanza hacia los intereses estatales y de defensa. Para muchos, las declaraciones de Altman funcionan más como una estrategia de relaciones públicas que como un marco operativo real.
Altman sostiene que la inteligencia artificial debe ser guiada por valores democráticos, argumentando que es preferible que las potencias occidentales lideren este desarrollo. No obstante, la falta de transparencia sobre los proyectos específicos que se desarrollan en conjunto con el Departamento de Defensa estadounidense deja abierta la interrogante sobre si estos principios son una guía ética real o simplemente una retórica diseñada para calmar a los reguladores y a la opinión pública internacional ante el avance de una tecnología sin precedentes.



