ISLAMABAD – En un giro drástico que amenaza con desestabilizar aún más el tablero geopolítico de Asia Central, el Gobierno de Pakistán ha oficializado lo que analistas internacionales temían: una ruptura total con el régimen talibán de Afganistán. Khawaja Asif, ministro de Defensa paquistaní, confirmó a través de sus canales oficiales que la relación entre Islamabad y Kabul ha transitado de la desconfianza diplomática a lo que ya califica como una "guerra abierta".
Este anuncio pone fin a décadas de una relación compleja, a menudo descrita por la comunidad internacional como un "doble juego". Durante años, las agencias de inteligencia paquistaníes fueron señaladas por ofrecer refugio y apoyo estratégico a facciones talibanas para asegurar su influencia en el país vecino. Sin embargo, tras el regreso del grupo extremista al poder en Kabul en agosto de 2021, la seguridad interna de Pakistán se ha visto severamente vulnerada por el incremento de ataques terroristas perpetrados por el Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), una organización que, según Islamabad, opera con total impunidad desde territorio afgano.
La escalada hacia un conflicto directo no es solo una cuestión de retórica política. En los últimos meses, los incidentes en la Línea Durand —la frontera de 2,640 kilómetros que divide a ambos países— han pasado de ser escaramuzas aisladas a bombardeos aéreos sistemáticos y operaciones militares de gran escala. El gobierno paquistaní sostiene que el régimen de facto en Afganistán ha incumplido sistemáticamente los acuerdos de Doha, al permitir que grupos insurgentes utilicen su suelo como plataforma logística para atacar objetivos civiles y militares en Pakistán.
Para el lector en México, aunque este conflicto se desarrolle a miles de kilómetros de distancia, sus repercusiones tienen un impacto global ineludible. La inestabilidad en una región donde convergen potencias nucleares y rutas comerciales críticas suele traducirse en volatilidad en los mercados energéticos y financieros, afectando indirectamente la economía mexicana. Asimismo, el caso paquistaní ofrece una lección de seguridad internacional sobre los riesgos de las fronteras porosas y el uso de grupos armados no estatales como herramientas de política exterior, temas que guardan ciertos paralelismos con los retos de gobernanza y control territorial que se discuten actualmente en el contexto de la seguridad nacional mexicana.
La comunidad internacional observa ahora con extrema cautela este nuevo frente de batalla. El paso de una alianza táctica a un enfrentamiento frontal no solo redefine la seguridad de las dos naciones involucradas, sino que pone en jaque la frágil estabilidad de una zona donde potencias como China y Estados Unidos mantienen intereses geoestratégicos vitales. El tiempo del diálogo parece haber agotado sus posibilidades, dando paso a una confrontación que promete reconfigurar el orden político en el corazón de Asia.

