Jo Ann Bland, una de las figuras más jóvenes y valientes del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, falleció a la edad de 72 años. Bland es recordada internacionalmente por su participación en la histórica marcha de 1965 conocida como el "Domingo Sangriento" (Bloody Sunday) en Selma, Alabama, un evento que marcó un antes y un después en la lucha por la igualdad racial en el país vecino.

Con apenas 11 años de edad, Bland se unió a la movilización que buscaba exigir el derecho al voto para la población afroamericana. Mientras intentaba cruzar el puente Edmund Pettus, la manifestación pacífica fue brutalmente interrumpida por la policía estatal y milicias locales, quienes utilizaron gas lacrimógeno y macanas contra los civiles. Durante el caos de la represión, la pequeña Jo Ann resultó herida, convirtiéndose en una de las víctimas más jóvenes de aquel enfrentamiento que conmocionó al mundo.

Para el lector en México, es fundamental entender que el "Domingo Sangriento" no fue un incidente aislado, sino el catalizador que obligó al gobierno federal de Estados Unidos a promulgar la Ley de Derecho al Voto de 1965. Este movimiento, encabezado por líderes como Martin Luther King Jr., luchaba contra las leyes de segregación que impedían sistemáticamente que las personas negras participaran en la democracia, una lucha que guarda paralelismos con los movimientos sociales por la justicia y la equidad en toda América Latina.

Bland no fue una espectadora accidental; a pesar de su corta edad, ya era una activista comprometida que para los 13 años ya había sido arrestada en múltiples ocasiones por participar en protestas contra la segregación racial. Su vida fue un testimonio constante de la resistencia civil frente a la opresión institucional.

En sus años posteriores, Jo Ann Bland se dedicó a preservar la memoria histórica de Selma, trabajando como guía y educadora para asegurar que las nuevas generaciones comprendieran el sacrificio necesario para obtener las libertades civiles actuales. Con su fallecimiento, desaparece una de las últimas voces directas de un episodio crítico que redefinió la estructura social y política de Norteamérica. Su legado permanece como un recordatorio del poder de la participación ciudadana, incluso desde la infancia.