Durante las últimas dos décadas, el panorama geopolítico de Sudamérica ha experimentado una transformación radical, con Perú como uno de sus epicentros más visibles. Lo que comenzó como una relación comercial basada en la exportación de materias primas se ha convertido en una dependencia estructural donde China no solo es el principal socio comercial del país andino, sino también su mayor inversor en sectores estratégicos como la minería y la infraestructura básica.

El símbolo más contundente de esta presencia es la construcción del megapuerto de Chancay, una obra financiada mayoritariamente por capitales chinos que promete rediseñar las rutas marítimas del Pacífico. Esta infraestructura permitirá una conexión directa entre Sudamérica y Asia, reduciendo significativamente los tiempos de transporte y consolidando a Perú como el 'hub' logístico regional de Pekín. Para Washington, este avance representa una amenaza directa a su histórica zona de influencia y a la seguridad hemisférica.

La administración de Donald Trump ha respondido con una ofensiva diplomática y económica que busca alertar a Lima sobre los riesgos de la 'diplomacia de la deuda' y la dependencia tecnológica de gigantes como Huawei. Sin embargo, los analistas coinciden en que Washington no la tendrá fácil. Mientras Estados Unidos ha centrado gran parte de su política exterior en otras latitudes, China ha sabido llenar los vacíos con financiamiento inmediato y proyectos de gran envergadura que resultan difíciles de rechazar para las economías emergentes.

Para México, este escenario resulta sumamente relevante. Al igual que Perú, el gobierno mexicano se encuentra bajo una presión constante por parte de Estados Unidos para limitar la entrada de inversiones chinas, especialmente en el marco de las reglas de origen del T-MEC y el fenómeno del 'nearshoring'. La batalla por la influencia en Perú es, en realidad, un espejo de la pugna global que se libra en todo el continente americano.

El desafío para el gobierno peruano —y para otros líderes de la región— es mantener un equilibrio diplomático que le permita beneficiarse de la chequera china sin comprometer su relación estratégica con la Casa Blanca. No obstante, en un mundo cada vez más polarizado, el margen de maniobra para la neutralidad parece agotarse, dejando a las naciones latinoamericanas en medio de un fuego cruzado entre las dos potencias más grandes del planeta.