Beijing ha fijado una postura contundente frente a las recientes presiones de la administración estadounidense para entablar diálogos formales sobre el control de armamento nuclear. El Ministerio de Relaciones Exteriores de China calificó la propuesta de Washington como carente de reciprocidad, subrayando que no se puede exigir un límite a un arsenal significativamente menor mientras las potencias hegemónicas no reduzcan el propio.

Durante los últimos meses, el Departamento de Estado de EE.UU. ha insistido en que China debe participar en tratados de transparencia y reducción de ojivas nucleares para evitar una carrera armamentista en el Indo-Pacífico. Sin embargo, la diplomacia china sostiene que la brecha entre las capacidades nucleares de ambos países es abismal, por lo que la responsabilidad primordial del desarme recae exclusivamente en las naciones que poseen las mayores reservas del mundo, en referencia directa a Estados Unidos y Rusia.

Un punto de fricción determinante en esta negativa ha sido la relación de Washington con Taiwán. China decidió suspender formalmente las consultas sobre no proliferación como represalia por las continuas ventas de armamento estadounidense a la isla. Para el gigante asiático, estas acciones vulneran su soberanía y representan una contradicción por parte de la Casa Blanca, que por un lado pide diálogo y por el otro fortalece militarmente a un territorio que Beijing considera parte de su jurisdicción.

Para México, esta tensión resulta de particular relevancia debido a su histórica tradición diplomática en favor del desarme. Como promotor del Tratado de Tlatelolco y defensor de la paz internacional en foros como la ONU, el gobierno mexicano observa con preocupación cómo el estancamiento entre las dos superpotencias debilita los esfuerzos globales por la no proliferación. La estabilidad del comercio global y la seguridad en el Pacífico, rubros vitales para la economía mexicana, dependen en gran medida de que estos dos gigantes alcancen un consenso mínimo.

Finalmente, China reiteró que su política de defensa se basa en el principio de 'no primer uso', asegurando que su modernización militar es meramente defensiva. Mientras Estados Unidos no modifique su política de ventas de armas y reduzca drásticamente su inventario atómico, las posibilidades de retomar una mesa de negociación efectiva parecen nulas en el corto plazo.