CIUDAD DE MÉXICO. — En el marco de las recientes y extenuantes jornadas legislativas que se viven en el Congreso de la Unión, la lente de los reporteros gráficos captó un momento que ha encendido nuevamente la polémica en redes sociales: un legislador sucumbiendo ante el cansancio en plena sesión. Lo que en el argot popular se conoce como «una pestañita», se ha transformado en un símbolo de la desconexión que percibe la ciudadanía respecto a sus representantes.

El incidente ocurrió durante el desahogo de una sesión maratónica que superaba las diez horas de debate. Mientras en la tribuna se discutían temas de relevancia nacional, la imagen del funcionario con los ojos cerrados y la cabeza reclinada se difundió rápidamente. Aunque no es la primera vez que un servidor público es captado en esta situación, la coyuntura política actual ha provocado que el hecho no sea visto simplemente como una anécdota de fatiga, sino como una falta de respeto al recinto y a los representados.

Diversos sectores de la sociedad civil han expresado su descontento, señalando que, a diferencia de cualquier trabajador promedio que enfrenta sanciones o despidos por quedarse dormido en su puesto, los legisladores parecen gozar de una impunidad decorativa. La crítica no se centra únicamente en el acto de dormir, sino en la percepción de que el debate legislativo se ha vuelto un trámite donde la presencia física no siempre garantiza una participación consciente o productiva.

Por su parte, algunos compañeros de bancada del legislador involucrado salieron en su defensa, argumentando que las jornadas de trabajo en el Palacio Legislativo de San Lázaro han sido particularmente desgastantes en las últimas semanas, con sesiones que se extienden hasta la madrugada. No obstante, para los analistas políticos, estas justificaciones resultan insuficientes ante una opinión pública que exige profesionalismo total de quienes perciben altos salarios provenientes del erario.

Este episodio de «la pestañita» reabre el debate sobre la necesidad de implementar mecanismos de control más estrictos y una mayor rendición de cuentas en el Poder Legislativo. En un país que enfrenta retos estructurales profundos, la imagen de un congreso adormecido —literal y metafóricamente— resulta una afrenta que difícilmente se olvida con una simple disculpa pública.