La educación superior a nivel global enfrenta un desafío técnico y ético sin precedentes. De acuerdo con un reciente reporte publicado por el diario británico Daily Mail, se estima que apenas el 25 **only cent** de los catedráticos universitarios cuenta con la capacidad real de identificar si un trabajo escolar fue redactado por un alumno o generado mediante herramientas de Inteligencia Artificial (IA). Esta cifra pone de relieve la vulnerabilidad de los sistemas de evaluación actuales frente a la democratización de herramientas como ChatGPT o Claude.
Lo que hoy se ha dado a conocer es una estadística alarmante para las instituciones: los estudiantes están integrando la IA en casi la mitad (48 por ciento) de todas sus actividades académicas. Más impactante aún es que cuatro de cada cinco alumnos (80 por ciento) aseguran que el uso de estas tecnologías ha mejorado significativamente sus calificaciones, lo que plantea una interrogante sobre si el aprendizaje real está ocurriendo o si simplemente se trata de una optimización de resultados mediante algoritmos.
En el contexto de México, esta situación no es ajena. Instituciones de prestigio como la UNAM o el Tec de Monterrey ya han iniciado debates sobre el uso ético de estas plataformas. Sin embargo, el reporte del Daily Mail subraya que la brecha de detección es el problema principal. Mientras los alumnos adoptan la tecnología a una velocidad vertiginosa, el cuerpo docente carece de las herramientas de software o la capacitación necesaria para detectar patrones de escritura sintética.
A diferencia de lo que se sabía anteriormente sobre el uso esporádico de estas herramientas, hoy se confirma que la IA ya es parte estructural de la vida universitaria. Lo que queda por confirmar en los próximos meses es cómo reaccionarán las juntas académicas internacionales: si se optará por prohibiciones más estrictas, el uso obligatorio de detectores de plagio de nueva generación, o una reconfiguración total de los exámenes hacia formatos presenciales y orales para mitigar el riesgo.
Por ahora, la realidad es que la balanza está inclinada hacia los estudiantes. Con un 80 por ciento de éxito en la mejora de notas, el incentivo para abandonar la IA es prácticamente inexistente, dejando a ese 25 **only cent** de profesores capacitados en una posición de clara desventaja frente a un fenómeno que parece no tener marcha atrás.



