En un movimiento que marca un punto de inflexión en la política humanitaria europea, Noruega, país miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), ha anunciado la implementación de medidas más estrictas para los ciudadanos ucranianos que busquen refugio en su territorio. El Ministerio de Justicia y Seguridad Pública noruego informó que la protección temporal colectiva, que hasta ahora se otorgaba de manera casi automática a cualquier solicitante ucraniano, dejará de aplicarse para aquellos que provengan de regiones consideradas «seguras».
Esta decisión responde a una creciente presión sobre la infraestructura de servicios públicos y la disponibilidad de vivienda en el país nórdico. Según las autoridades de Oslo, las nuevas restricciones se aplicarán específicamente a los residentes de seis regiones del oeste de Ucrania: Leópolis (Lviv), Volinia, Transcarpatia, Ivano-Frankivsk, Ternópil y Chernivtsí. Estas zonas, alejadas del frente de batalla activo en el este y sur del país, son evaluadas ahora como lugares donde la vida cotidiana puede continuar sin un riesgo inminente para la integridad física de sus habitantes.
La ministra de Justicia, Emilie Enger Mehl, subrayó que el país ya no puede sostener el mismo nivel de acogida que al inicio del conflicto en 2022. La funcionaria destacó que casi el 10% de los ucranianos que han llegado recientemente a Noruega provienen de estas zonas catalogadas como seguras, lo que ha saturado los albergues y centros de asistencia social. A partir de ahora, las solicitudes de estas regiones serán evaluadas de forma individual, con la posibilidad real de ser rechazadas, algo que anteriormente era impensable bajo el esquema de protección colectiva.
Para el lector en México, esta noticia resuena debido a las similitudes en los debates sobre políticas migratorias y la gestión de flujos masivos de personas. Mientras que México ha servido históricamente como país de tránsito y acogida, la decisión noruega ilustra un fenómeno global de «fatiga de solidaridad» en el que las naciones receptoras comienzan a priorizar la estabilidad de sus propios sistemas internos sobre los compromisos internacionales de asilo.
El endurecimiento de estas políticas por parte de un aliado clave de la OTAN envía una señal clara sobre la prolongación del conflicto en Ucrania: los recursos no son infinitos y la asistencia internacional está entrando en una fase de selectividad técnica. Noruega busca así enviar un mensaje a los posibles migrantes para desincentivar los desplazamientos que no obedezcan a una necesidad de protección inmediata frente a la guerra.


