Históricamente conocida como la "Perla del Occidente", la ciudad de Guadalajara ha cargado durante décadas con una sombra persistente: ser la residencia predilecta y el centro de operaciones de las cúpulas del narcotráfico en México. Lo que comenzó en los años 80 con la llegada de los fundadores del extinto Cártel de Guadalajara, hoy se ha transformado en un imperio bajo el dominio del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), liderado por el fugitivo Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como "El Mencho".

La elección de Guadalajara como sede no responde a una coincidencia geográfica, sino a una decisión estratégica de alto nivel. La ciudad ofrece una infraestructura urbana de primer nivel que permite a los líderes delictivos pasar desapercibidos en zonas residenciales de alta plusvalía, además de contar con un sólido entramado comercial que facilita el blanqueo de capitales. Su conectividad con el puerto de Manzanillo, en Colima, es vital para la recepción de precursores químicos provenientes de Asia, consolidando a la región como un nodo logístico inigualable para el tráfico transnacional de sustancias.

A diferencia de otras regiones del país donde el conflicto se vive principalmente en zonas rurales o fronterizas, en la capital tapatía el narcotráfico ha permeado la vida cotidiana y la estructura económica de manera más sutil pero profunda. Expertos en seguridad señalan que la ciudad funciona como una "casa elegida" donde los grupos criminales no solo operan sus negocios, sino que establecen sus bases familiares y sociales. Esta dinámica ha permitido que el CJNG se consolide como una de las organizaciones más violentas y con mayor capacidad de fuego en el mundo, utilizando la capital jalisciense como su principal escaparate de poderío.

El ascenso de "El Mencho" marcó un punto de inflexión en la historia criminal de la región. Bajo su mando, el CJNG pasó de ser una célula operativa del Cártel de Sinaloa a convertirse en una potencia hegemónica. El control de Guadalajara le ha brindado al grupo un sentido de pertenencia y un dominio territorial que desafía constantemente la seguridad pública del Estado mexicano. Los operativos militares y las capturas de alto perfil en la zona metropolitana suelen desencadenar respuestas violentas que paralizan la ciudad, evidenciando el control táctico que mantienen sobre el terreno.

En conclusión, Guadalajara no es simplemente un punto de tránsito en el mapa del tráfico de drogas; es el epicentro donde se gestan las decisiones que impactan la seguridad de todo México. Mientras la ciudad siga ofreciendo las condiciones de anonimato, lujo y conectividad que el crimen organizado requiere para su subsistencia, seguirá siendo la base práctica y simbólica del poder del narcotráfico en territorio mexicano.