Han pasado 25 años desde que un encuentro aparentemente rutinario se convirtió en un recuerdo de pesadilla para el periodista Sam Greenhill. En un relato estremecedor para el diario británico Daily Mail, Greenhill recuerda el momento exacto en que cruzó el umbral de la casa de Ian Huntley y Maxine Carr, en una época en la que el nombre de Huntley aún no era sinónimo de infamia.
En agosto de 2002, el pequeño pueblo de Soham, en Inglaterra, estaba sumido en la desesperación. Dos niñas de diez años, Holly Wells y Jessica Chapman, habían desaparecido sin dejar rastro tras salir de sus casas. La noticia, que en su momento conmocionó a la comunidad internacional, mantenía a la policía y a los medios de comunicación en vilo. Fue en este contexto de incertidumbre que Greenhill tocó a la puerta de Huntley, quien trabajaba como conserje en la escuela local.
Para el público mexicano, es fundamental contextualizar que Ian Huntley no figuraba inicialmente como sospechoso. En el organigrama de una escuela británica, el cargo de 'caretaker' (equivalente al jefe de mantenimiento o intendente en México) es una posición de suma confianza. Huntley se presentaba ante los periodistas como un vecino preocupado y colaborador, asegurando haber sido una de las últimas personas en ver a las niñas con vida.
Greenhill describe que, al ser invitado a pasar a la vivienda, las niñas ya llevaban más de una semana desaparecidas. El periodista relata que la atmósfera dentro de la casa le produjo una sensación de incomodidad que no pudo explicar en aquel momento, pero que hoy describe como un escalofrío que le recorrió la espalda. Huntley y su pareja, Maxine Carr, mantenían una fachada de normalidad mientras el mundo entero buscaba a las menores.
“Cuando toqué a la puerta de Ian Huntley, Holly y Jessica llevaban desaparecidas más de una semana”, recuerda Greenhill. Lo que entonces parecía la disposición de un testigo por ayudar, resultó ser la fría manipulación de un criminal que ocultaba el peor de los desenlaces dentro de esas cuatro paredes. El caso de Soham terminó con la condena de Huntley a cadena perpetua en 2003, tras confirmarse que él mismo había asesinado a las niñas el día de su desaparición.
Este testimonio resalta la vulnerabilidad de las comunidades ante figuras de autoridad y confianza, un tema que continúa siendo de relevancia global en materia de seguridad infantil y justicia penal.



