La escalada de tensiones entre Washington y Teherán ha colocado al mundo en una posición de alerta máxima. Un eventual ataque directo de Estados Unidos contra objetivos iraníes no solo desencadenaría una respuesta militar inmediata, sino que abriría un abanico de represalias asimétricas que podrían desestabilizar la seguridad global y los mercados energéticos, afectando incluso a economías emergentes como la mexicana.

Uno de los riesgos más inmediatos se localiza en el terreno geográfico cercano al conflicto. Las bases militares estadounidenses desplegadas en países como Irak, Siria y Jordania se encuentran dentro del radio de alcance del sofisticado arsenal de misiles de la República Islámica. Teherán ha demostrado en diversas ocasiones que posee la capacidad logística para atacar infraestructuras estratégicas de Washington en la región. A esto se suma la influencia de sus aliados regionales, quienes podrían activar frentes de combate adicionales, transformando un ataque quirúrgico en una guerra regional de desgaste.

En el ámbito económico, el Estrecho de Ormuz representa el principal punto de presión de Irán. Por esta vía marítima transita aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido a nivel mundial. Un bloqueo, incluso parcial, provocaría un choque inmediato en los precios internacionales del crudo. Para México, este escenario es de doble filo: aunque podría aumentar los ingresos por la exportación de la Mezcla Mexicana, la volatilidad extrema y el alza en los costos de refinación e importación de gasolinas generarían una presión inflacionaria severa en la economía doméstica.

Más allá del Medio Oriente, los servicios de inteligencia advierten sobre el riesgo de acciones indirectas en suelo europeo y el ciberespacio. Irán ha desarrollado capacidades de guerra híbrida que le permiten ejecutar ataques contra infraestructuras críticas fuera de sus fronteras. La doctrina de defensa iraní no se limita al enfrentamiento convencional, sino que apuesta por golpear los intereses de sus adversarios donde sean más vulnerables.

El dilema para la Casa Blanca radica en la dificultad de contener una respuesta que, según las amenazas de Teherán, sería desproporcionada. Mientras la diplomacia internacional intenta evitar el colapso de los canales de diálogo, el mundo observa con cautela un escenario donde cualquier error de cálculo podría incendiar una de las regiones más volátiles del planeta.