En un mundo cada vez más interconectado, la línea que separa nuestra estabilidad emocional de la funcionalidad de nuestros dispositivos parece ser más delgada que nunca. Según una reciente encuesta publicada por CNET, un prestigioso portal estadounidense especializado en tecnología y consumo, casi el 70% de los adultos admite que un solo fallo técnico —un 'glitch'— es suficiente para desbaratar por completo su rutina diaria y su sentido del orden.
El estudio destaca una paradoja moderna: el uso de teléfonos inteligentes, tabletas y computadoras nos otorga una gratificante sensación de control sobre nuestro entorno. Sin embargo, este dominio es, en gran medida, una ilusión. El informe indica que, aunque estas herramientas están diseñadas para facilitarnos la vida, su omnipresencia ha generado una dependencia tal que cualquier interrupción mínima en el servicio de internet o un error de software se traduce en niveles significativos de estrés y desorientación.
Para los expertos consultados por CNET, esta tendencia es profundamente preocupante. La investigación sugiere que hemos delegado gran parte de nuestra capacidad de gestión personal a los algoritmos y dispositivos. El problema radica en que, cuando la tecnología falla —algo inevitable por su propia naturaleza—, el individuo promedio carece de un 'plan B' analógico, lo que resulta en una parálisis operativa y emocional.
Este fenómeno no es ajeno a la realidad mexicana. Con una penetración de teléfonos inteligentes que supera los 90 millones de usuarios en el país, según datos del INEGI, los hábitos de consumo digital en México reflejan una vulnerabilidad similar. La dependencia de aplicaciones para el transporte, la banca y el trabajo remoto significa que un fallo en la infraestructura digital tiene un impacto directo en la productividad y el bienestar de los ciudadanos.
Ante este panorama, especialistas recomiendan retomar prácticas de autonomía digital. Esto incluye desde la diversificación de canales de comunicación hasta el fomento de periodos de desconexión voluntaria. La clave, según el análisis, no es abandonar la tecnología, sino reevaluar nuestra relación con ella para evitar que un simple error de sistema se convierta en una crisis personal.

