En los últimos meses, el paisaje digital en plataformas como Facebook, Instagram y X ha experimentado una transformación surrealista. Millones de usuarios se encuentran diariamente con imágenes de niños con extremidades extrañas, paisajes imposibles o figuras religiosas fusionadas con elementos marinos. Este contenido, generado íntegramente por Inteligencia Artificial (IA), no es solo una curiosidad tecnológica, sino una tendencia que está reconfigurando la interacción humana en el entorno digital y desafiando nuestra capacidad de discernimiento.
La viralización de lo que algunos expertos llaman "contenido basura" o slop tiene un objetivo claro: maximizar el engagement. Los algoritmos de las redes sociales están diseñados para recompensar lo visualmente impactante, sin importar qué tan alejado esté de la realidad. En México, este fenómeno ha encontrado un terreno fértil debido a la alta penetración de dispositivos móviles y a una brecha digital que aún persiste en amplios sectores de la población. Muchas de estas imágenes son compartidas como reales o milagrosas, especialmente en grupos familiares de WhatsApp o en muros de Facebook, donde el contexto suele perderse frente a la inmediatez del estímulo visual.
Sin embargo, surge una pregunta fundamental para la era de la información: ¿realmente le importa a la audiencia que lo que ve sea falso? Para una gran parte de los usuarios, el valor de la imagen no reside en su veracidad, sino en la emoción inmediata que provoca. Ya sea por humor, asombro o devoción, la interacción (el "me gusta" o el comentario) se produce de forma casi instintiva. Esta aparente indiferencia ante la autenticidad es uno de los mayores desafíos para los verificadores de datos y especialistas en ciberseguridad en el país, ya que normaliza la aceptación de lo sintético sobre lo real.
El riesgo de esta saturación de contenido absurdo no es solo la desinformación estética, sino la erosión paulatina de la confianza en las fuentes oficiales de información. Si el ojo humano se acostumbra a ignorar las anomalías de una imagen generada por IA, se vuelve considerablemente más vulnerable ante deepfakes con intenciones políticas, sociales o delictivas. En un contexto como el mexicano, donde la desinformación puede tener consecuencias sociales tangibles y rápidas, la alfabetización digital se vuelve una herramienta de supervivencia indispensable.
Mientras las grandes compañías tecnológicas continúan ajustando sus políticas de etiquetado de contenido sintético, la responsabilidad final recae en el criterio del usuario. El "internet de lo absurdo" ya es una realidad cotidiana, y la capacidad de distinguir entre un píxel capturado por una cámara y uno generado por un algoritmo será, sin duda, la habilidad más valiosa en la próxima década de nuestra vida digital.
