Treinta años después de que el descubrimiento de una serie de asesinatos vinculados a rituales de tipo vudú conmocionara a la opinión pública internacional, el Reino Unido enfrenta una realidad perturbadora: la práctica de la brujería y el abuso infantil derivado de creencias espirituales extremas están lejos de desaparecer. Según reportes recientes, estas prácticas se están extendiendo por el país sin que las autoridades logren frenar el ciclo de violencia que afecta principalmente a menores de edad en comunidades vulnerables.

Uno de los casos más estremecedores en la crónica negra británica es el de Victoria Climbié, una niña de apenas ocho años originaria de Costa de Marfil, quien murió en el año 2000 tras meses de tortura sistemática. Sus tutores, familiares directos, justificaron los abusos bajo la premisa de que la menor estaba poseída por espíritus malignos. La muerte de Victoria provocó una de las investigaciones públicas más costosas y profundas en la historia del sistema de protección infantil en Inglaterra, derivando en cambios estructurales en la ley. Sin embargo, a dos décadas de distancia, el fenómeno parece estar mutando y expandiéndose en la clandestinidad.

Para el lector en México, es importante entender que este tipo de incidentes, referidos en ocasiones como 'abuso basado en la fe' o 'kindoki', no son casos aislados de fanatismo, sino problemas de seguridad pública que involucran redes de comunidades cerradas. Mientras que en nuestro país la mística y el esoterismo suelen formar parte del tejido cultural de manera pacífica, en el contexto británico se han documentado rituales que cruzan la línea de la legalidad, resultando en lesiones graves y trauma psicológico permanente.

Mardoche Yembi es uno de los sobrevivientes que hoy alza la voz. Yembi, quien fue señalado como un 'niño brujo' durante su infancia, ha compartido su testimonio para visibilizar que el problema no es una cuestión del pasado. Su caso demuestra que, a pesar de los esfuerzos legislativos, existe un subregistro significativo debido al hermetismo de los grupos involucrados y al temor de las víctimas a represalias espirituales o físicas.

La falta de una estrategia integral por parte del Estado británico para abordar la intersección entre creencias religiosas y salvaguarda infantil ha permitido que estas prácticas se mantengan vigentes. Los expertos advierten que, sin una intervención que combine la educación comunitaria con una vigilancia policial especializada, el legado de dolor que dejaron víctimas como Victoria Climbié seguirá repitiéndose en las sombras de la sociedad británica contemporánea.