LONDRES – A pesar de que han transcurrido más de tres décadas desde que los primeros informes sobre asesinatos rituales con tintes de vudú conmocionaron a la opinión pública británica, nuevas evidencias sugieren que estas prácticas están proliferando sin un control efectivo por parte de las autoridades. El fenómeno, que amalgama creencias extremas de fe con violencia física extrema, ha dejado una estela de víctimas infantiles que el Estado no ha logrado proteger, desafiando las reformas implementadas en años anteriores.

Uno de los casos más desgarradores y emblemáticos en la historia criminal del Reino Unido es el de Victoria Climbié. En el año 2000, la menor de tan solo ocho años fue torturada sistemáticamente hasta morir a manos de sus familiares, quienes alegaban que la niña estaba poseída por espíritus malignos. La autopsia de Climbié reveló 128 lesiones provocadas por quemaduras de cigarrillos, golpes con martillos y cables. Para el lector mexicano, este caso guarda paralelismos con crímenes sectarios que han ocurrido en diversas regiones de México, donde la superstición y el fanatismo religioso son utilizados como pretexto para la violencia.

La muerte de Victoria obligó en su momento a una reestructuración total de los servicios sociales británicos, conocida como el programa 'Every Child Matters'. Sin embargo, para expertos en seguridad y activistas, el sacrificio de la menor no marcó el fin de esta barbarie. Hoy, sobrevivientes como Mardoche Yembi están rompiendo el silencio para denunciar que el problema persiste en diversas comunidades del país. Yembi relata cómo fue estigmatizado y sometido a abusos bajo la premisa de una 'liberación espiritual' que casi le cuesta la vida.

Sus testimonios subrayan una realidad inquietante: la brujería y los exorcismos violentos se están extendiendo por Gran Bretaña, alimentados por la falta de intervención en círculos religiosos cerrados y una vigilancia insuficiente por parte de los trabajadores sociales. La falta de capacitación para identificar estos perfiles de abuso ritual ha permitido que los perpetradores operen bajo el radar de la ley.

Las autoridades británicas enfrentan ahora una presión renovada para tratar estos incidentes no como casos aislados de maltrato familiar, sino como un problema sistémico de violencia ideológica. Mientras la evidencia de que estas prácticas continúan 'sin control' se acumula, la sociedad británica se cuestiona por qué las promesas de cambio hechas tras la tragedia de Victoria Climbié no han sido suficientes para erradicar este oscuro capítulo de la criminalidad moderna.