A medida que la invasión rusa se prolonga y el conflicto entra en fases de desgaste crítico, Ucrania se enfrenta a una paradoja emocional y política sin precedentes. Para el gobierno en Kiev, encabezado por Volodímir Zelenski, proyectar una imagen de fuerza inquebrantable es una estrategia vital. Esta narrativa es la moneda de cambio necesaria para asegurar que el flujo de ayuda militar y financiera por parte de los aliados occidentales no se detenga. Sin embargo, detrás de la fachada de heroísmo que se exporta al mundo, surge un reclamo silencioso pero contundente de la población: dejen de llamarnos resilientes.
El término "resiliencia" se ha convertido en una palabra recurrente en los discursos diplomáticos y en las coberturas de la prensa internacional para describir la capacidad de los ucranianos de resistir los bombardeos, los cortes de energía y la pérdida constante de seres queridos. Pero para los ciudadanos que viven bajo el asedio diario en ciudades como Járkov o la propia capital, este adjetivo ha comenzado a sentirse como una carga pesada. La población advierte que no poseen poderes sobrehumanos y que la etiqueta de resiliencia invisibiliza el trauma profundo y el agotamiento mental que padece la nación.
Analistas internacionales señalan que existe una brecha peligrosa entre la retórica oficial y la realidad en el terreno. Ucrania necesita parecer invencible ante potencias como Estados Unidos y la Unión Europea para demostrar que la inversión en su defensa es viable. No obstante, los ucranianos exigen que el mundo entienda que su resistencia no es una elección heroica, sino una necesidad impuesta por la supervivencia. La fatiga acumulada tras años de guerra ha llevado a muchos a sentir que el mundo se ha acostumbrado a su tragedia, utilizando la palabra resiliencia como una excusa para normalizar su dolor.
Para el lector en México, un país que a menudo observa los conflictos de Europa del Este como eventos distantes, es crucial entender que esta noticia refleja una crisis de salud mental masiva. Mientras que en los medios latinos solemos ver imágenes de soldados valientes y ciudadanos reconstruyendo sus hogares, el mensaje que llega hoy desde el corazón de Ucrania es de vulnerabilidad extrema. El costo humano de mantener esa imagen de fortaleza ante Occidente es cada vez más difícil de sostener.
En conclusión, el pueblo ucraniano pide un cambio de narrativa. Quieren que el apoyo internacional continúe no porque sean héroes inquebrantables, sino porque son humanos que sufren y que están llegando al límite de sus fuerzas. La ayuda, argumentan, debe ser un reconocimiento a su humanidad y no una recompensa por su capacidad de soportar lo insoportable.


