En las calles de la Zona Metropolitana de Guadalajara, existe un elemento que ha resistido el paso del tiempo y la proliferación de las golosinas industriales: el turrón rosa. Este dulce, cuya presencia es casi obligatoria en los paisajes urbanos más representativos del estado, se ha consolidado como un símbolo de la identidad tapatía, atrayendo tanto a locales como a turistas con su llamativo color y su textura inconfundible.
De acuerdo con la tradición y los recorridos habituales por la ciudad, el epicentro de este manjar se localiza principalmente en los puestos ambulantes que salpican el Centro Histórico de Guadalajara. Sin embargo, su presencia cobra una relevancia especial en las calles aledañas a la Basílica de la Virgen de Zapopan. En estos puntos estratégicos, los vendedores custodian bloques enormes de esta mezcla azucarada, la cual es fraccionada con precisión ante la mirada curiosa de los transeúntes que buscan un bocado de nostalgia.
Aunque a simple vista parezca una estructura sólida y pesada, el turrón rosa es en realidad una preparación aireada y crujiente. Su elaboración forma parte del conocimiento empírico de los dulceros tradicionales, quienes utilizan ingredientes base como claras de huevo y azúcar para lograr esa consistencia que se deshace en la boca. El distintivo tono fucsia o rosa mexicano, que le da nombre, es el factor que lo hace destacar entre otros dulces típicos de la región, convirtiéndolo en un imán visual para quienes caminan por las plazas públicas.
El contexto de este dulce no puede separarse de la vida religiosa y social de Jalisco. Especialmente en las inmediaciones de la Basílica de Zapopan, el turrón rosa se convierte en el acompañante ideal de los peregrinos. Es común observar a familias enteras compartiendo un trozo de este dulce tras asistir a las celebraciones litúrgicas o durante las festividades de la Romería, lo que refuerza su papel como un puente entre la fe y la gastronomía popular.
A pesar de los cambios en los hábitos de consumo, el turrón rosa se mantiene vigente gracias a su estatus de clásico de feria. Su venta no solo representa el sustento de numerosas familias de comerciantes ambulantes, sino que también preserva una técnica artesanal que se ha transmitido por generaciones. Para el visitante que recorre el corazón de la Perla Tapatía, adquirir este dulce es más que una simple compra; es una forma de participar en un ritual cotidiano que define el sabor y la cultura de Guadalajara.



