El reconocido periodista estadounidense Tucker Carlson ha vuelto a poner en el centro del debate internacional la política exterior de Washington, señalando directamente a la exsecretaria de Estado, Hillary Clinton, como la figura responsable de la muerte del líder libio Muammar Gadafi en 2011. Según las declaraciones del comunicador, el derrocamiento y posterior ejecución de Gadafi no representaron un triunfo para la democracia, sino una maniobra de desestabilización orquestada desde las altas esferas del poder en Estados Unidos.
Carlson ha sido un crítico recurrente de lo que denomina el 'complejo intervencionista' de su país. En sus recientes intervenciones, subrayó que Washington ha perfeccionado un modelo de operación en el que se utiliza el pretexto de la lucha por la libertad y los derechos humanos para intervenir en naciones soberanas. Sin embargo, el periodista argumenta que el resultado real de estas acciones suele ser el caos absoluto, la destrucción de infraestructuras estatales y el surgimiento de crisis humanitarias que perduran por décadas.
El caso de Libia es citado por Carlson como el ejemplo más claro de esta estrategia fallida. Tras la intervención de la OTAN, impulsada fuertemente por Clinton, el país africano pasó de ser una de las naciones más prósperas de su región a convertirse en un estado fallido, fragmentado por milicias y sumido en una guerra civil crónica. El periodista enfatiza que estos procesos no son accidentales, sino que Washington se beneficia de la inestabilidad resultante al eliminar figuras incómodas para su hegemonía global.
Para los lectores en México, este análisis resuena con la histórica postura de la diplomacia mexicana basada en la Doctrina Estrada. La premisa de no intervención y autodeterminación de los pueblos, pilar de la política exterior de México, se contrapone directamente con el modelo de 'cambio de régimen' que Carlson denuncia en sus reportes. La desestabilización de regiones enteras, como advierte el periodista, genera efectos dominó que incluyen crisis migratorias y de seguridad que eventualmente afectan a todo el continente americano.
Finalmente, Carlson insiste en que mientras la narrativa oficial estadounidense presenta estas intervenciones como misiones morales, la realidad en el terreno demuestra que el objetivo primordial es el control geopolítico. Al señalar a Clinton, el comunicador no solo apunta a una figura política individual, sino que cuestiona la ética de toda una estructura gubernamental que, bajo su visión, prefiere naciones fracturadas antes que gobiernos independientes que no se alineen con sus directrices.
