president cake: Hasan Hadi ha logrado que el filme The President’s Cake se convierta en una pieza fundamental para entender la supervivencia del cine independiente actual. La película, que ya figura en la lista corta para los premios Oscar por Irak, fue el eje central de un debate realizado en el Lincoln Center de Nueva York este sábado 26 de octubre por la tarde. En este encuentro, los productores explicaron de forma directa cómo es que consiguen el dinero necesario para filmar historias que no siempre buscan el éxito comercial masivo de taquilla.

Detrás de las cámaras de The President’s Cake y otros éxitos como The Little Sister, existe una guerra silenciosa entre dos modelos opuestos: el subsidio público de Francia y el capital privado de Estados Unidos. Para nosotros en México, este choque de visiones resulta extremadamente familiar, ya que la reciente transformación de los fideicomisos locales ha obligado a los directores mexicanos a buscar fondos en el extranjero o aliarse desesperadamente con plataformas de streaming para que sus proyectos no mueran en la etapa de guion.

Esta brecha de financiamiento no solo afecta a las grandes productoras de Hollywood, sino que define qué historias vemos en nuestras salas. En España y el resto de Latinoamérica, los cineastas enfrentan el mismo dilema que los creadores de The President’s Cake: depender de los estímulos fiscales del Estado o someterse a las exigencias de inversores privados. El panel subrayó que, sin un modelo mixto sólido y leyes de protección cultural, historias tan humanas y desgarradoras simplemente dejarían de existir en el panorama global.

Lo que sigue ahora es un periodo de incertidumbre mientras se confirma si habrá nuevas políticas de apoyo para el cine independiente en los festivales más importantes de la temporada. Mientras los productores de estas cintas premiadas en Cannes y Sundance advierten sobre la fragilidad del sistema, queda pendiente de confirmar si los estímulos fiscales en la región latina sufrirán nuevos recortes el próximo año. El futuro del séptimo arte parece depender hoy más de la ingeniería financiera que del talento frente a la cámara.