El acceso comida saludable en México es una realidad para apenas el 10 por ciento de la población urbana según el Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad de la Universidad Iberoamericana. Este dato confirma que la nutrición en el país no es una simple elección individual, sino un factor estructural determinado principalmente por el lugar de residencia de los ciudadanos.
El análisis, liderado por el académico Juan Manuel Núñez, revela que los llamados paisajes alimentarios condicionan de forma crítica la compra y el consumo de productos básicos. Factores como la cercanía de comercios de calidad, los precios elevados de los vegetales frescos y la falta de tiempo para preparar alimentos impiden que la mayoría de los ciudadanos mantenga una dieta equilibrada de forma constante. (Lee también: Por qué las 189 mil deportaciones de mexicanos cambian el panorama nacional.)
Para México, esta brecha estructural profundiza las crisis de salud pública y obesidad, especialmente en los sectores más vulnerables de las zonas periféricas de las grandes metrópolis. En regiones de Latinoamérica y España, este fenómeno se repite con patrones similares, donde las zonas con mayor poder adquisitivo acaparan la oferta de productos orgánicos y frescos, dejando al resto de la población en los denominados desiertos alimentarios. (Lee también: Por qué Sheinbaum confirma ya las invitaciones para el Mundial 2026.)
La investigación de la Ibero subraya que la distribución actual de supermercados y mercados locales favorece sistemáticamente a una minoría privilegiada en las urbes. Mientras no se modifiquen los entornos urbanos donde las personas viven y trabajan, la alimentación nutritiva seguirá siendo una imposibilidad práctica para nueve de cada diez mexicanos, independientemente de sus deseos de mejorar su estilo de vida. (Lee también: Lo que nadie te dijo sobre la fecha del Día del Padre 2026.)
El impacto social de esta desigualdad obliga a las autoridades a replantear las políticas de salud pública desde una perspectiva estrictamente urbana y de movilidad. El estudio concluye que sin una infraestructura que garantice la disponibilidad inmediata de alimentos frescos para todos, las campañas de educación nutricional seguirán teniendo un impacto muy limitado frente a la cruda realidad económica y geográfica.




