La política exterior de Estados Unidos ha dado un giro radical bajo la visión de Donald Trump, alejándose de los consensos diplomáticos tradicionales para abrazar lo que analistas internacionales describen como una resurrección de las misiones imperiales de antaño. Este modelo se basa en una premisa directa y agresiva: la adquisición de territorios y el control estratégico de los recursos naturales pertenecientes a pueblos soberanos.
Históricamente, el imperialismo se caracterizó por la expansión de las potencias hacia nuevas fronteras, buscando riqueza y poder a través del control directo. En la era moderna, esta tendencia parecía haber sido sustituida por la globalización y los tratados internacionales de cooperación. Sin embargo, el enfoque de Trump sugiere un retorno a una política transaccional donde la soberanía de otros países se vuelve secundaria ante los intereses económicos y territoriales de Washington.
Para el lector mexicano, esta perspectiva resulta especialmente relevante. Dada la cercanía geográfica y la profunda integración comercial entre México y Estados Unidos, cualquier indicio de una política exterior que priorice la «adquisición de recursos» sobre el respeto mutuo enciende las alarmas en el ámbito diplomático. México ha sido testigo histórico de las ambiciones expansionistas de su vecino del norte, y un retorno a este tipo de retórica podría tensar las negociaciones estratégicas sobre energía, agua y seguridad fronteriza en el futuro cercano.
El análisis, que ha cobrado relevancia tras las observaciones publicadas por el New York Times —uno de los diarios más influyentes del mundo—, advierte que esta postura no solo afecta a los aliados inmediatos, sino que redefine la posición de Estados Unidos en el orden mundial. Al tratar las relaciones exteriores como una serie de conquistas o adquisiciones empresariales, se debilita el tejido de la diplomacia internacional que se construyó tras la Segunda Guerra Mundial. La visión de Trump, centrada en el lema de «América Primero», se transforma así en una búsqueda activa de dominio que ignora las fronteras nacionales en favor de la rentabilidad política.
En conclusión, el resurgimiento de este espíritu imperialista plantea desafíos sin precedentes para la estabilidad y la soberanía global. Mientras el escenario político estadounidense se prepara para nuevos ciclos electorales, la comunidad internacional y especialmente los países latinoamericanos observan con cautela si este modelo de «imperio» se consolidará como la nueva norma en la relación de la potencia norteamericana con el resto del mundo.


