BERLÍN — El canciller de Alemania, Olaf Scholz, se encuentra en una cruzada diplomática y económica que busca redefinir el papel de Europa en el escenario global. Su objetivo es claro, aunque sumamente ambicioso: reducir la dependencia histórica que el continente mantiene con China y Estados Unidos. Sin embargo, este giro estratégico ha comenzado a generar fricciones internas, especialmente con los líderes empresariales que no comparten su visión de un distanciamiento preventivo.
Scholz, quien encabeza la economía más poderosa de la zona euro, ha comenzado a expresarse con una franqueza que contrasta con la cautela diplomática de sus predecesores. El mandatario advierte que Europa necesita "espacio" frente a la hegemonía de Beijing y la volatilidad política que representa la figura de Donald Trump en la política estadounidense. Para el canciller, la soberanía europea depende de su capacidad para diversificar sus mercados y proteger sus cadenas de suministro ante posibles conflictos arancelarios o geopolíticos.
A pesar de la urgencia política planteada desde el gobierno alemán, el sector privado europeo se muestra reticente. Muchos directivos de empresas trasnacionales consideran que romper o enfriar los lazos con China —un socio comercial indispensable para la manufactura— o con Estados Unidos —el principal aliado en seguridad y tecnología— podría ser contraproducente para sus intereses financieros. Mientras Scholz habla de seguridad nacional y autonomía estratégica, los empresarios se enfocan en la rentabilidad y el acceso a los mercados más dinámicos del mundo.
Para México, esta tensión en el corazón de Europa no es un tema menor. Alemania es el socio comercial más importante de la Unión Europea para el país, y muchas de las empresas que Scholz intenta "alinear" tienen plantas masivas en territorio mexicano, especialmente en el Bajío y Puebla. Un cambio en la política de inversión alemana, motivado por el temor a las políticas de Trump o la influencia china, podría alterar el flujo de capitales en sectores clave como el automotriz y el de autopartes.
En resumen, el canciller Scholz enfrenta el reto de convencer a una élite empresarial que prefiere la estabilidad del statu quo sobre la incertidumbre de una independencia forzada. El dilema entre la seguridad geopolítica y la prosperidad económica inmediata sigue dividiendo a la potencia europea, mientras el fantasma de un nuevo mandato de Trump en Washington añade presión a la mesa de negociaciones en Berlín.


