En el corazón de la colonia Doctores, donde el asfalto de la Ciudad de México respira historia y nostalgia, se encuentra un refugio para los amantes de la imagen detenida en el tiempo. Francisco Iglesias, un hombre cuya vida ha estado marcada por el obturador y el carrete, cumple ya 22 años transformando un rincón del Jardín Dr. Ignacio Chávez en un museo vivo de la fotografía análoga.
Desde hace más de dos décadas, Iglesias no solo vende cámaras; preserva una herencia. Su puesto en este emblemático espacio público se ha convertido en una parada obligatoria para coleccionistas, estudiantes de artes visuales y curiosos que buscan rescatar la mística de la fotografía química en una era dominada por lo digital. La pasión de Francisco no es fortuita; es un legado que ha cultivado con paciencia, conocimiento y un ojo entrenado para identificar tesoros entre piezas de metal y cristal.
El Jardín Dr. Ignacio Chávez, ubicado en una zona estratégica de la capital, es conocido por albergar uno de los bazares de antigüedades más auténticos de la ciudad. En este ecosistema de objetos con pasado, la oferta de Iglesias destaca por su especialización. Entre modelos de marcas icónicas como Leica, Nikon, Canon y Yashica de diversas épocas, el comerciante ofrece una asesoría técnica que solo los años de experiencia pueden otorgar. Para él, cada cámara tiene una historia propia y una mecánica única que merece ser respetada y puesta en funcionamiento nuevamente.
A pesar del avance vertiginoso de la tecnología en los teléfonos inteligentes, el interés por lo análogo ha experimentado un renacimiento significativo entre las nuevas generaciones de mexicanos. Iglesias ha sido testigo de cómo jóvenes fotógrafos regresan al origen, buscando la textura, el grano y la pausa reflexiva que el formato digital no siempre puede replicar. En este contexto, su labor adquiere una dimensión cultural, pues actúa como un puente necesario entre la tradición técnica del siglo XX y la curiosidad estética contemporánea.
La permanencia de Francisco Iglesias en el Jardín de la Doctores durante 22 años es testimonio de una vocación inquebrantable y un respeto profundo por el oficio. Mientras la Ciudad de México cambia a pasos acelerados, él permanece ahí cada fin de semana, listo para heredar a alguien más la fascinación por capturar la luz a través de una lente con historia. Su presencia es un recordatorio de que, en la era de la inmediatez, todavía existen rincones donde el tiempo se mide, con cuidado, cuadro por cuadro.



