La ciudad de Guadalajara, históricamente reconocida como el bastión incondicional de la Selección de Brasil en territorio mexicano, vivió una de sus jornadas más sombrías tras la inesperada eliminación del conjunto sudamericano en un torneo que prometía gloria. Lo que durante décadas ha sido un romance deportivo inquebrantable, se transformó en un silencio sepulcral que recorrió las calles de la capital de Jalisco.
Desde la mítica Copa del Mundo de 1970, cuando Pelé y compañía conquistaron el Estadio Jalisco, la Perla Tapatía adoptó los colores verde y amarillo como propios. Sin embargo, en esta ocasión, la mística que rodea a la 'Canarinha' no fue suficiente para superar la adversidad en el terreno de juego. La derrota, calificada por los expertos y la afición local como inesperada, caló hondo en el ánimo de una sociedad que ya se preparaba para celebrar un triunfo más de sus ídolos adoptivos.
El ambiente que horas antes era de fiesta, con banderas brasileñas ondeando junto a las mexicanas en la Minerva y en los alrededores de la zona de Chapultepec, se disipó con el silbatazo final. La noticia de la eliminación no solo afectó a la delegación brasileña, sino que hirió el orgullo de una ciudad que se ha jactado de ser la mejor anfitriona del mundo para los pentacampeones. El sentimiento de orfandad futbolística se hizo presente en cada rincón de la ciudad.
Fue una jornada donde la música se detuvo. Como bien consignaron los presentes y las crónicas locales, hasta los mariachis callaron. En las plazas y cantinas tradicionales, donde el sonido de las trompetas y los violines suele ser el telón de fondo de cualquier evento de gran magnitud, imperó un respeto casi fúnebre. No hubo jarabe tapatío ni canciones de júbilo; el impacto de ver a Brasil fuera de la competencia dejó a los tapatíos en un estado de introspección y melancolía.
Este fenómeno social reafirma que el vínculo entre Guadalajara y la Selección de Brasil trasciende lo meramente deportivo. No se trata solo de un equipo de futbol perdiendo un partido, sino de la caída de un símbolo cultural que ha echado raíces profundas en la identidad de Jalisco. La derrota de Brasil es, para Guadalajara, una derrota propia que tardará en sanar, dejando como recordatorio que en el futbol, hasta los gigantes pueden caer y silenciar a toda una ciudad.



