Pekín ha puesto en marcha una ambiciosa ofensiva diplomática diseñada para atraer a los aliados tradicionales de Estados Unidos, centrando su mirada en Alemania como el eje central de la Unión Europea. Sin embargo, lo que el gobierno chino visualizaba como una oportunidad estratégica para capitalizar el distanciamiento europeo con Washington se ha topado con una realidad geopolítica sumamente compleja: las quejas de Europa hacia el gigante asiático son más profundas y estructurales de lo que se estimaba.
Durante los últimos años, China ha intentado posicionarse como un socio comercial indispensable y una alternativa de estabilidad frente a la volatilidad política que ha caracterizado a Estados Unidos en periodos recientes. No obstante, el liderazgo de Alemania —la economía más grande del continente— ha dejado claro que la frustración de Bruselas con las políticas proteccionistas y el estilo confrontativo de figuras como Donald Trump no garantiza, de ninguna manera, una alianza automática con el gobierno de Xi Jinping.
Uno de los principales focos de fricción radica en las prácticas comerciales desiguales. Para Alemania, la relación es una encrucijada constante. Por un lado, su poderosa industria automotriz y de maquinaria depende del mercado chino; por otro, existe un temor creciente ante el exceso de capacidad productiva de China. Los subsidios estatales de Pekín, que permiten inundar el mercado europeo con productos a precios por debajo del costo, son vistos ahora como una amenaza directa a la supervivencia de la industria local.
Para el lector en México, esta dinámica resulta familiar dentro del contexto del T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá). Al igual que ocurre en América del Norte, donde las tensiones comerciales con China dictan gran parte de la política de inversión y relocalización (nearshoring), Alemania debe equilibrar su necesidad de crecimiento económico con la protección de su soberanía industrial y sus compromisos democráticos.
Además de los desacuerdos económicos, persisten preocupaciones fundamentales en materia de seguridad nacional y derechos humanos que han enfriado la relación bilateral. Mientras Pekín busca que Berlín actúe como un contrapeso a la influencia estadounidense en Europa, el Canciller alemán ha demostrado que los valores compartidos con el bloque occidental siguen teniendo un peso mayor que las promesas de cooperación económica ilimitada. En conclusión, la estrategia china de ganar aliados en territorio europeo enfrenta un muro de desconfianza difícil de derribar, demostrando que el pragmatismo europeo tiene límites muy claros.

