Canadá, tradicionalmente conocido por su política de brazos abiertos, vive hoy una transformación radical. Tras años de crecimiento acelerado bajo la administración del primer ministro Justin Trudeau, el país norteamericano ha registrado su mayor caída poblacional desde la Segunda Guerra Mundial. Este fenómeno no es casualidad, sino el resultado directo de una nueva y estricta política migratoria que busca estabilizar una economía interna bajo presión.
Según datos recientes de Statistics Canada, el endurecimiento de las regulaciones ha provocado un desplome en el número de estudiantes extranjeros y trabajadores temporales admitidos. Lo que antes era un flujo constante de capital humano para alimentar el mercado laboral, ahora se ha convertido en una serie de filtros rigurosos. El gobierno federal ha justificado estas medidas como una estrategia necesaria para “reducir la presión sobre la vivienda, los servicios públicos y la infraestructura”, sectores que se han visto rebasados por la demanda en las principales urbes como Toronto, Vancouver y Montreal.
Este cambio de rumbo tiene una resonancia particular para México. En los últimos años, miles de mexicanos han visto en Canadá un destino predilecto para la especialización académica y el empleo estacional a través de diversos programas de movilidad. El recorte en los permisos de estudio y trabajo temporal no solo cierra puertas a los proyectos de vida de muchos jóvenes connacionales, sino que también altera los flujos de intercambio educativo y la movilidad laboral regional. El endurecimiento de estas políticas marca el fin de una era de apertura que alguna vez posicionó a Canadá como el contrapunto migratorio de los Estados Unidos.
La tensión política interna también ha jugado un papel determinante en este giro. Trudeau, quien alguna vez fue el mayor promotor de la migración global, enfrenta ahora el descontento de una población que vincula el aumento de la población extranjera con el encarecimiento de la vida y el colapso del sistema de salud. Con este ajuste, Canadá entra en una fase de introspección demográfica, priorizando la sostenibilidad de sus servicios por encima del crecimiento poblacional acelerado. El mundo observa de cerca cómo una de las naciones históricamente más inclusivas repliega sus fronteras ante los retos sociales del siglo XXI.



