La Ciudad de México, conocida mundialmente por su densa mancha urbana y su ritmo acelerado, alberga un ecosistema oculto pero vital para la vida: la apicultura. Entre el rugido de los motores y los edificios de concreto, miles de abejas —organizadas en complejas estructuras de reinas, zánganos y obreras— luchan por su supervivencia. Sin embargo, este equilibrio natural se encuentra en una situación crítica debido a la expansión desmedida de la infraestructura urbana y el uso persistente de agroquímicos en las zonas periféricas de la capital.

La crianza de abejas en la CDMX no es solo una actividad económica de nicho, sino una labor de conservación ambiental de primer orden. Los apicultores locales, quienes operan principalmente en alcaldías con suelo de conservación como Xochimilco, Milpa Alta y Tlalpan, desempeñan un papel fundamental en este proceso. Su jornada diaria consiste en monitorear constantemente el estado de salud de las colmenas, asegurando que las poblaciones tengan alimento suficiente durante las temporadas de escasez de floración y aplicando tratamientos especializados para curar enfermedades que podrían diezmar colonias enteras en cuestión de días.

El reto es mayúsculo. La urbanización acelerada reduce drásticamente las áreas verdes y los corredores biológicos, obligando a las abejas a desplazarse mayores distancias para encontrar néctar de calidad. Este esfuerzo físico, sumado a la exposición a pesticidas utilizados en jardinería y agricultura periurbana, debilita sus sistemas inmunológicos. Los agroquímicos, en particular, representan una de las mayores amenazas, ya que pueden desorientar a las obreras, impidiéndoles regresar a su colmena o causando la muerte masiva de la población.

La importancia de proteger a las abejas en la capital trasciende la producción de miel y sus derivados. Estos insectos son responsables de la polinización de una vasta variedad de plantas que mantienen los pulmones verdes de la ciudad y contribuyen a la seguridad alimentaria regional. Sin su intervención, muchos de los cultivos locales y la flora nativa del Valle de México desaparecerían irremediablemente.

Ante este panorama, los apicultores locales hacen un llamado a la ciudadanía y a las autoridades para fomentar prácticas de jardinería más amigables y regular el uso de sustancias tóxicas. La apicultura urbana en la Ciudad de México es, hoy más que nunca, un acto de resistencia ecológica que nos recuerda que, incluso en la gran metrópoli, dependemos de los seres más pequeños para garantizar nuestro futuro ambiental.